La confluencia ha muerto. Viva la democracia

Emmanuel Rodríguez (publicado originalmente el 14 de octubre en CTXT)

La confluencia ha muerto. Nació muerta desde el mismo momento en que se identificó con un pacto entre “capos”, Iglesias-Garzón, Garzón-Iglesias, al tiempo que el inevitable coro de segundones —los y las Talegón, Llamazares, el otro Garzón, pero también Errejón, Bescansa, etcétera— peleaba, bien por hacerse con sus despojos, bien por hacerla despojo. El continuo trasiego de idas y venidas, guiños y trastos, de los últimos días apenas ha escenificado la ruina de la unidad.

Las armas arrojadizas son conocidas. Pasado el trago del 27 de septiembre, los de Iglesias no han parado de repetir: el pacto con IU nos sitúa allí donde el enemigo nos quiere, en la izquierda y sólo con la izquierda no es posible ganar. A lo que inmediatamente suelen añadir: IU es una organización lerdamente burocrática que ha sido incapaz de leer la realidad del país de las últimas dos décadas. Los de Garzón, por su parte, han contestado que únicamente la suma de votos de ambas formaciones puede resultar en diputados en la difícil geografía electoral de las circunscripciones españolas —aquellas, más de la mitad, de entre 3 y 6 escaños—. Y también que el “centramiento” de Podemos lo hace indistinguible de su enemigos. El aderezo final de acusaciones ha venido provisto por el inevitable nominalismo, tan distintivo del discurso político y de la preocupación por las marcas: IU debe tener alguna existencia y Podemos es el único nombre posible para el voto del cambio. Al fin y al cabo, Errejón-Iglesias no han tenido otra explicación para los pésimos resultados de las elecciones catalanas que la de que el nombre de Podemos no apareciera en las papeleta (¡sic!) y que el escenario de polarización nacional no beneficiara su propuesta. Quizás los grandes partidos deberían haber parado en mientes (ser más responsables) para facilitarle la labor a Podemos, pero…

A sabiendas del rápido aborto de la posibilidad de una candidatura única para las generales —una candidatura del cambio, de la izquierda o de lo “otro” al bipartidismo + Ciudadanos—, cabe  preguntarse qué se jugaba realmente en la “confluencia” o, de una forma más precisa, qué es eso tan importante que la confluencia quería traer de nuevo a la “centralidad del tablero”. Valga aquí que hablar de confluencia es decir poco: ¿unidad de la izquierda, de los aparatos y aparatillos, nuevos y viejos, que se reclaman de ese lado de los parlamentos?, ¿unidad ciudadana y para la ciudadanía, como siempre dijo Podemos, pero como mascullando entre dientes y sin creérselo mucho, tal y como trató de recordarle Ahora en Común con éxito escaso?

El término “confluencia” como los de “cambio”, “nueva política”, “ciudadanía” nos desliza sobre un terreno de sombras. Por eso, lo de la “confluencia” se entiende mejor —como en la filosofía platónica— a partir de la idea que parece que la inspira, que con lo que se produce tras la primera escucha: la unión de partidos. Estamos ante uno de esos enredos en los que nos ha colocado más de año y medio de ciclo electoral, y de encharcar el cerebro con el alcohol de los partidos, las elecciones y los líderes públicos.

Recordemos, el 15M nos situó ante la posibilidad de una ruptura constituyente. Esta consistía en algo mucho más importante que el relevo de los actores políticos. La clave de bóveda de todo el movimiento fue la democracia, la denuncia de los límites de la partitocracia y de la dictadura financiera impuesta por Europa. Lo que ocurrió en las plazas de aquel 2011 fue lo más parecido que vamos a conocer de un proceso constituyente por abajo. En sus primeras semanas aquellas asambleas produjeron una multitud de pliegos de demandas que iban desde el cambio en la ley electoral hasta la apuesta por un modelo energético sostenible, desde la reforma de la judicatura hasta el estímulo del cooperativismo y la economía social. El éxito inicial de Podemos no se entiende sin el motor 15M, sin esa energía democratizante.

En conversación con uno de los fundadores del “partido del cambio”, luego rápidamente expulsado al sector crítico –como corresponde al disenso en todo buen partido, esto es, en toda formación oligárquica–, conveníamos en que haber dado el nombre de “círculos” a las asambleas locales que empujaron al primer Podemos había sido un error, por lo menos un error “histórico”. Era finales de enero de 2014, pocos días después de la presentación del partido, y se habían constituido ya varios cientos de asambleas. Conveníamos entonces que el nombre que por tradición debía haber correspondido a aquellas asambleas era el de “juntas”. El juntismo fue durante el siglo XIX la forma típica de expresión del insurreccionalismo democrático. Y mientras el término “círculo”, de importación bolivariana, da la imagen de un grupo de interés o de apoyo, el de junta es el de una organización de miembros activos, una máquina insurreccional. Algo curiosamente mucho más en consonancia con el 15M, en tanto explosión democrática, pacífica y masiva, que con lo que luego ha resultado ser la formación morada. Ni qué decir tiene que la idea de revivir el juntismo no fue más allá de esa conversación entre historiadores desubicados. Sea lo que fuere, en la elección del término estaba ya inscrito, grabado a fuego como un destino irresistible, la conversión progresiva de esas asambleas locales en algo parecido a los “círculos de amigos del grupo complutense” o, como dijo Monedero entonces, lugares para charlar y ligar.

Ciertamente no es una hipótesis contrafactual que el movimiento 15M pudo haber tenido una expresión genuinamente constituyente, y por ende no partidaria. Si recuerdan: la catapulta de Podemos fue la de servir como vehículo de oposición, vocero de un proceso constituyente. Y si nos atenemos a su discurso inicial —“herramienta de la ciudadanía”, “proceso constituyente”, “oposición al régimen del ’78”—, Podemos se presentó como la herramienta para convertir las elecciones de este diciembre, no en ese juego de nuevos y viejos partidos que ahora es, sino propiamente en la convocatoria oficiosa de unas cortes constituyentes.

Mirado sin lentes de distorsión, la mutación del movimiento democrático en opción constituyente de masas estaba inscrita como tendencia en el 15M, en sus demandas, en el primer Podemos e incluso en su composición de “clase media”, esto es, pequeño burguesa, que en sus formas tradicionales de politización tiende a la democracia radical. Prueba de las posibilidades de éxito es que esta opción no se hubiera dejado calcular sobre los clásicos ejes izquierda / derecha, nacionalismo español / nacionalismos periféricos. Jugada con inteligencia, neutralizada y absorbida la izquierda política en el propio proceso, la candidatura de ruptura podría haber sido un calco de las simpatías que despertó el 15M. Una “alianza ciudadana” con un único programa (proceso constituyente) capaz de concitar el voto tanto de lo que hoy se inclina a Ciudadanos en clave democrática, como de las izquierdas independentistas vasca y catalana. Naturalmente, nada en esta grosse koalition por abajo se dejaría traducir a las lógicas convencionales de la forma-partido, su propia composición habría sido tan plural y heterogénea como los mismos procesos de discusión y elección de los representantes. Pero apenas dos elementos hubieran sido suficientes como cemento de la misma: la necesidad de dar curso a una ruptura / proceso constituyente, poniendo término al austericidio europeo; y una elección y método radicalmente democráticos.

Si esta opción no fraguó, si apenas tuvo una presencia en el primer semestre de 2014, se deberá preguntar por qué. Tres elementos, a mi juicio, la echaron por tierra. El primero, y quizás el más previsible, la inercia estadocéntrica y gobernista de la izquierda española a la que pertenece el grueso del staff podemita, y que piensa antes en partido que en movimiento, en ejecutivo que en legislativo. Como se sabe, Podemos derivó rápidamente en un partido político más, en una “opción de gobierno”, que tendía naturalmente a desechar la dimensión compleja, plural y ciudadana que hubiera requerido una opción constituyente. El segundo es apenas una consecuencia del primero: si el objetivo es el gobierno, el medio es el electoralismo y el resultado, la renuncia a la política. Y así fue como “proceso constituyente” y otras medidas tipo “renta básica” fueron arrojados a la cuneta en favor de la denuncia de la “corrupción” y de la “casta” por parte de unos chicos y chicas vestidos de inmaculado blanco y borrachos de paternalismo para llegar a un “pueblo que no entiende de constituyente ni de política”. Resultado: paso abierto a Ciudadanos. Por último, y desde luego el factor principal, la debilidad del movimiento democrático, su relativa incapacidad para expresarse en una opción propia que le empujara más allá de las derivas partitocráticas de Podemos, que se articulara según la lengua 15M en ese proceso decidido a “discutirlo todo para cambiarlo todo”.

En un tuit reciente, el estratega de Podemos, Íñigo Errejón, se expresaba con sorna tras conocer las últimas encuestas de Metroscopia: “Que (pre)dice Metroscopia-El País que ‘el orden reina en Berlín’, que toca resignarse y elegir restauración de los de siempre. Veremos ;-)”. Lo cierto es que el orden ya reina en Madrid. La restauración se ha impuesto por la vía del retorno al sistema de partidos, a la política convencional, a una situación electoral “normal”, que no por tener nuevos actores deja de celebrar el entierro de la oportunidad que abrió el 15M.

Llegamos así a nuestra conclusión: la confluencia ha sido un balbuceo tardío que vagamente nos trató de recordar esta oportunidad, la de una ruptura constituyente, la de una democracia real.

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