La inmolación de Podemos o sus primarias

Emmanuel Rodríguez @emmanuelrog (publicado originalmente en Público, el 29 de junio de 2015)

El pasado 26 de junio, Pablo Iglesias declaraba: “Es el inicio de la carrera hacia las elecciones generales, entendiendo que eso no lo podemos hacer solos. […] Podemos es un instrumento que ha nacido para presentarse a las generales, pero tiene que encontrarse con actores de la sociedad civil y seguir trabajando en un tipo de relación y de accesibilidad con la gente muy especial.” Y zanjaba: “Lo mejor que podemos hacer nosotros es abrir las puertas. Abrir las puertas y que entren”.

Hay algo en Podemos que viene repitiéndose desde su comienzo y que parece ya sello de la casa. Hablamos de la contradicción entre una retórica de apertura y democracia radical, y la consolidación de una organización cada vez más jerárquica y despegada de sus propias bases. El problema es que entre querer ser el “instrumento de la gente” y el jacobinismo rígidamente centralizado de Podemos existe la misma correspondencia que entre la esponjosidad del pan y la contundencia del mazo, esto es, ninguna.

Hoy mismo circulaban ya los detalles del reglamento de primarias con el que Podemos quiere elegir sus equipos para concurrir a las elecciones generales; tres primarias: una para el cabeza de lista, otra para el Congreso y otra para el Senado. No obstante, si lo que se quería era facilitar esa “apertura de puertas” que reclamaba Pablo y que parece ser la única condición de posibilidad para rebasar los resultados, más bien mediocres, de las autonómicas, resultaba preciso tocar con tino al menos tres cosas: el método de selección, la circunscripción y el censo. En los tres ámbitos, sin embargo, Podemos se ha decantado, una vez más, por la decisión más conservadora, esto es, por aquella que garantiza un mayor control por parte del aparato y un diseño de “confluencia” a través de pactos por arriba, justamente lo que de forma explícita se dice rechazar.

Comencemos por el método de selección. Más allá del cabeza de lista que va por separado, se insiste en la fórmula empleada en las pasadas primarias a consejos autonómicos y locales y a las candidaturas a las autonómicas. Se plantea como una lista, no bloqueda, pero completa, de acuerdo con un método de “voto aprobatorio”, en el que tenemos la posibilidad de emitir un único voto por candidatos que vendrán ordenados en distintas listas, por ejemplo, hasta 350 (nada más y nada menos) para el Congreso de los Diputados y 3 para la Comunidad de Madrid, ya que para el Senado se vota por Autonomía. El problema de este método conocido como “lista plancha” es que aunque haya una minoría de votantes que mezclen voto de distintas listas o de independientes, la mayor parte de los votantes lo harán por confianza en una única lista. Asi por ejemplo entre dos listas, una con el 45 % de los votos y otra con el 35 %, puede darse el resultado que todos los candidatos elegidos sean de la primera. Cómo se ha repetido en múltiples ocasiones este método no garantiza la más mínima pluralidad, algo que consideraríamos inadmisible si se empleara en unas elecciones a representantes. Valga como ejemplo las pasadas municipales de Madrid, donde el PP con una mayoría simple del 34 % de los votos se quedaría con el 100 % de los representantes, y ninguno para Ahora Madrid.

¿Cuál es por tanto la ventaja de las “listas plancha”? No nos engañemos: este método tiene indudables ventajas a la hora de organizar equipos “coherentes”  (deberíamos decir homogéneos o pactados) por parte de la dirección de Podemos. Las listas planchas facilitan que, en la mayor parte de los casos, la lista propuesta por la dirección sea la elegida con exclusión de otras listas e independientes. Los pactos con otros “actores sociales” quedan así al capricho de la cúpula del partido: materia de despachos y acuerdos a puerta cerrada. En definitiva, con las listas plancha se aplica un criterio tan frágil de democracia que se pueda dudar que lo sea. Toda pluralidad y representación de minorías queda anulada.

Todavía peor es el camino por el que Podemos ha optado en relación con las circunscripciones electorales. Mientras en las elecciones generales la circunscripción es provincial, en las primarias de Podemos la circunscripción es la Comunidad Autónoma para el Senado (recuérdese la cámara que no importa) y única para el Congreso: ¡para todo el Estado se dispone de hasta 350 votos! Esto quiere decir, que si alguien quiere elegir su candidato, por ejemplo por Málaga, lo tendrá que hacer sobre una lista para toda España. ¿Qué se consigue con esto? Naturalmente, unas primarias extremadamente controladas en las que los primeros 20 o 30 puestos de la lista tendrán sillón asegurado con independencia de la provincia que vayan a representar. De hecho, el sistema es tan brutal y parcial que se ha anunciado que se podrían reservar algunos puestos “territoriales” para las Mareas, Compromís u otros en caso de que los pactos sigan para adelante.

Sin embargo, en términos de la energía social que se requiere para ganar las elecciones, este método de circunscripción única sólo puede recibir un único juicio: derroche gigantesco y gratuito. Con estas listas de 350, en la mayor parte de las provincias se eligirá a un representante con ninguna implantación sobre el territorio. Resultado: desafección o indiferencia por parte del tejido social que podría llevar a cabo la campaña. En este aspecto, Podemos ha demostrado, una vez más, una escasísima sensibilidad respecto de la dimensión territorial –cuasi federal– de la constituency del Estado español. En unas elecciones generales se puede apostar con más garantías que en unas autonómicas o locales, por el liderazgo carismático de Pablo u otros, pero sin candidatos locales directamente reconocidos se perderá tanto voto como militancia activa en campaña.

Por último, el censo. Podemos tiene actualmente 374.409 ciudadanos censados en su web. Valga decir, que cualquier comparación con la militancia tradicional en un partido (cuotas, participación, etc) es pura fantasía. Pero es que esta cifra tampoco se puede idenficar con una ciudadanía que suma 46 millones largos de personas. El censo se mueve así en una particular tierra de nadie, que demuestra a un tiempo que no hay vocación de construir organización, ni tampoco mecanismos suficientes de democracia efectiva, que siempre exigen unos mínimos compromisos más allá del voto digital.

Hasta ahora, no obstante, y como se vio especialmente en Vistalegre, este inmenso censo ha permitido que las “elecciones internas” de Podemos funcionen como un mecanismo pleibiscitario de las apuestas de la dirección. Y esto sencillamente porque a más alejado se esté de la vida y los debates internos de la organización (y es lo que ocurre con la mayor parte del censo), menos informado y más “delegativo” es el voto. Paradójicamente con ese censo es difícil que otros actores sientan la confianza, siquiera el interés, de participar en las primarias. El resultado puede ser una baja o bajísima participación como ha ocurrido en las últimas elecciones internas de Podemos. De nuevo, el peligro obvio, es el desinterés.

A pesar de que este sistema ha mostrado ya defectos y problemas difíciles de discutir, la alternativa a este modelo de primarias era relativamente sencilla:

1. Un sistema de voto que garantizase la pluralidad de la representación. En Ahora Madrid se probó una modalidad de voto ponderado que garantizaba una representación proporcional en la lista definitiva de candidatos por parte de cada equipo que se presentaba a la primarias. También se podría haber elegido un sistema de voto limitado (a 3 o a 5) como en las elecciones europeas, de tal modo que cada votante sólo eligiera a aquellos que conoce y de los que tiene una opinión formada –¿quién podrá decir que conoce con garantías a 10 de los 350 propuestos en la lista oficial–. Cualquiera de las dos opciones no sólo proporcionaría mayor pluralidad y proporcionalidad, y por ende mayores garantías democráticas, sino también la colaboración, en este caso imprescindible, de sectores sociales y políticos que con este sistema se van a quedar fuera, inevitablemente. Basta considerar los innumerables conflictos y deserciones que se han producido en los círculos tras la elección de secretarios y consejos para prever, de nuevo, un final nada feliz.

2. Unas primarias con circunscripción provincial, de tal modo que cada elector eligiera únicamente a sus candidatos provinciales. En ese caso, se conseguiría generar una mayor cercanía entre representante y representado, y con ello también un cuerpo social y militante proclive a una mayor identificación y participación en la campaña: no es sólo cuestión de democracia, sino de eficacia.

3. Por último, la creación de un nuevo censo, entendiendo que lo que se promueve es una candidatura más amplia que Podemos. El “no podemos solos” y el “abrir de puertas” de Pablo tendría que haberse seguido de una invitación a componer un nuevo censo con mayores garantías, menos inflado y probablemente mucho más ajustado a las expectativas de voto.

Con este reglamento de primarias que conoceremos con todo detalle en pocas horas, Podemos parece haber confiado todo al liderazgo carismático de Pablo, su buena oratoria y su capacidad para zafarse en las tertulias pre-electorales. Buenas armas pero seguramente insuficientes. El desborde, la capacidad de entusiasmar por medio de la participación, la expectativa de que en estas elecciones se juega algo más que la suerte de la formación morada, la posibilidad de haber ensayado una gran alianza social por el cambio (un proceso constituyente), más allá de Podemos y de la “coalición de izquierdas”, son sacrificadas en pro de un grupo parlamentario homogéneo y controlado.

Desgraciadamente, Podemos ha elegido ser un partido antes que un instrumento de la ciudadanía. Hay bastante de autoinmolación en esta elección. Esperemos que el tiempo nos quite la razón, o mejor aún , que la nueva ola democrática y ciudadana en formación sea capaz de desbordar, en esta ocasión, las inercias conservadoras de Podemos.

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