Podemos no le cabe a nadie en la cabeza (tampoco a Procusto)

Juan Domingo Sánchez Estop @IohannesMaurus 

Decía  Manuel Fraga Iribarne, uno de los pocos intelectuales dignos de tal nombre que contó la clase política española, que “el Estado me cabe en la cabeza”. Cabezón era sin duda el político gallego amigo de Carl Schmitt, pero también un poco optimista en lo referente a su volumen craneano. España no le cupo en la cabeza, ni siquiera prolongada por su ridículo bombín londinense. La transición, al final no la hizo él, sino que la hicieron muchas personas distintas entre las cuales pocas destacaban por su cultura e inteligencia y la hicieron también muchas personas anónimas que durante los años negros de la dictadura habían ido desgastando el régimen. Y es que la historia no la hacen los individuos providenciales ni los grandes genios. No es la historia el despliegue de los contenidos del cerebro de nadie, sino un proceso complejo en el que intervienen muchas cabezas y muchos cuerpos.

Algunos representantes de formas extremas de la hipótesis populista en la dirección de Podemos definen a la dirección de Podemos como “los mejores” o “los que nos han traído hasta aquí”. Suponen con estas palabras malsonantes que en una o varias mentes privilegiadas se alojaba un saber sobre el devenir histórico y político de nuestro país comparable al que a sí mismo se atribuía el singular y macrocéfalo ministro de Franco. La historia y la política sería así el despliegue de un plan providencial conocido en sus intimidades por una o pocas mentes. Suena al colmo del idealismo este desprecio de la diferencia fundamental que existe entre una realidad material y su siempre parcial conocimiento, entre la pluralidad infinita de lo real y las síntesis y las dificultosas abstracciones con que los hombres nos esforzamos por conocerlo.

El surgimiento de una iniciativa como Abriendo Podemos ha sido una desagradable sorpresa para quienes defienden esta concepción y las consecuencias políticas que de ella se derivan. Y es que una determinada idea de la relación del saber con la política y la historia determina unas formas de actuación política y unos modos de organización. Quien cree conocer la verdad, incluso poseerla no tiene necesidad de debates abiertos, pues, como sostenía Menéndez Pelayo “quien conoce la verdad no tolera la mentira”. Esto supone estructuras políticas poco deliberativas y verticales, mandos que se escuchan a sí mismos y lenguajes reiterativos, carentes de matices, ajenos a la complejidad real. La izquierda ha solido sufrir esas taras, al creer en una política basada en la verdad. Con Podemos creíamos haber superado esos planteamientos, pero la inercia de esa larga tradición de izquierda cabezona pugna por no desaparecer.

Lo que defiende el manifiesto Abrimos Podemos es algo bastante simple: unos mínimos rasgos de identidad de Podemos como instrumento de liberación respecto de los distintos miedos en los que nos vemos sumidos: el miedo al endeudamiento, el miedo a la pérdida del empleo, el miedo a la catástrofe ecológica, que forman el marco de nuestra vida cotidiana. Lo segundo es que Podemos sea un método de participación y empoderamiento abierto a la sociedad, con capacidad real de articular realidades plurales, demandas muy dispares que no pueden nunca reducirse a una esencia cuyo conocimiento posee una mente privilegiada. Igual que el bandido Procusto alargaba o recortaba a los desdichados que tumbaba en un lecho de tortura, quien reduce la realidad a una esencia supuestamente conocida tiene que deformarla, recortarla o torturarla y corre el grave riesgo de que esta se le escape de las manos si puede y, si no, que se le muera en el transcurso de la operación. La potencia de lo plural difícilmente puede sobrevivir a esa tremenda y dolorosa operación.

La pluralidad ha sido a lo largo de la historia de Podemos el secreto de su éxito. Ciertamente no cualquier pluralidad, sino una multitud de demandas reunidas en torno a un nombre, incluso a una persona hecha icono y a algunos elementos programáticos, pero también unificada por la ilusión de conquistar dentro de los procesos internos de Podemos un protagonismo democrático y ciudadano enteramente ajeno a las tradiciones de la mayoría de las organizaciones de la izquierda. Podemos, en todo esto fue “irreverente” y debe seguirlo siendo. Podemos es y era un método de empoderamiento y activación política de la gente común, no el laboratorio donde se experimenta una hipótesis preconcebida. Los aciertos de Podemos, entre los que se cuentan las papeletas de las europeas con la efigie de Pablo Iglesias y la inclusión del tema de la deuda en la recta final de esa misma campaña, incluso la imposición en debate político del tema de la “casta”, fueron siempre resultado de un debate abierto, de una elaboración hecha entre todos y no de la obediencia a consignas ni recetas. Donde más y más abiertamente se ha debatido en la preparación de las municipales es donde mejores resultados han obtenido las fuerzas populares. Es algo que merece al menos una reflexión.

Abriendo Podemos es una iniciativa que rechaza el procedimiento brutal de Procusto y reivindica con toda su energía el método que llevó a Podemos al éxito de las europeas y que, adaptado a las realidades del terreno en Madrid, Barcelona y Zaragoza ha dado la alcaldía de estas ciudades a las candidaturas populares de confluencia. La confluencia más allá de los partidos, la confluencia en la apertura puede realizarse de muchas maneras: dentro de un Podemos abierto o alrededor de Podemos. Por eso es necesario el debate. Retomando palabras de Pablo Iglesias, podemos afirmar que “Podemos tiene que asumir que nosotros no podemos ser un partido más y que la identidad de Podemos no puede ser una identidad de partido. Podemos tiene que ser un instrumento en manos de los ciudadanos, con metodologías que permitan la participación de muchos sectores que no están necesariamente en Podemos.” No ser un partido más significa reconocer que la inteligencia colectiva – la de “los muchos” de la democracia- más allá de la capacidad indiscutida de un grupo de intelectuales, es el nervio de la democracia. Es reconocer también que la inteligencia de los muchos que debaten en libertad es la forma de racionalidad más capaz de autocorrección, pues no es única ni exclusiva. Por este motivo, aunque no seamos los simples mortales siempre brillantes, evita mucho mejor los disparates que la cabeza de uno solo o de unos pocos.

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