Transversalidad o ruptura. Lo que el CIS enseña a Podemos

Emmanuel Rodríguez  @emmanuelrog e Isidro López @lumumbaJr (publicado originalmente en Público, el 18 de mayo de 2015)

No hace falta ser un genio de la critica para saber que las encuestas tienen eso que los pedantes de la filosofía reciente han llamado “performatividad”, o dicho en un lenguaje más llano: las encuestas producen realidad antes que una fotografía fiel de la misma. Se trata de una de esas verdades elementales con la que juegan mayores y menores de la política de nuestro tiempo, sirviendo a la vez como arma arrojadiza y clave de bóveda de las estrategias electorales. Por eso quizás el mayor error del político actual –metido en los fregados del marketing electoral– sea el de confundir el cuento con la realidad o el de tomarse las encuestas demasiado en serio.

La afirmación de que las encuestas son sobre todo “cuchillos y espadas” en la pugna política no implica, sin embargo, que no digan nada sobre las tendencias de voto y el perfil de los votantes, aunque sólo sea porque tangencial y “performativamente” quieren movilizar a determinados segmentos sociales. Así sucede a veces, cuando determinadas encuestas se vuelven reveladoras de fallos propios o ajenos, expresando esa naturaleza fascinante de la estadística electoral. Es lo que ha ocurrido con el último barómetro del CIS y con algunas lecturas del mismo que ya han señalado que donde Podemos pierde no es frente a Ciudadanos, sino frente al PSOE. O en otras palabras, qué es en la “izquierda” no en el “centro” donde a Podemos se le está yendo la partida; y con ello nos devuelve a un debate que por estar en campaña (justamentemente por estarlo) se vuelve del todo pertinente.

La cuestión se podría resumir como sigue: hay en Podemos una discusión, y también una pretensión, de que esta sea un partido con implantación en todas las clases y segmentos sociales. La idea-fuerza es la de transversalidad, que se acompaña con la proposición de que Podemos es un “instrumento de la ciudadanía”, o más aún el “partido del pueblo”. En esta misma línea, Podemos articula su discurso en relación con el “mínimo común” de voluntad de cambio de la mayoría, lo que para algunos de sus dirigentes parece que no debiera ir más allá de un programa tibio de reformas, que se comprende bajo el paraguas, curiosamente ya aceptado, de la “regeneración democrática”. Pero ¿se justifica esta orientación, y el discurso consecuente, con los datos que tenemos?

Laboratorio y cocina de las encuestas electorales del gobierno de turno, el CIS es sorprendentemente prolijo en el análisis de categorías cruzadas. Además de analizar la propensión al voto, la valoración de la situación económica y política y otra decena más de cuestiones en relación con el recuerdo de voto, la autoubicación ideológica, el tamaño del municipio de residencia, lo hace en relación con la condición socio-profesional de los encuestados. He aquí la foto (pincha en el gráfico):


La primera impresión es contraria a la idea de transversalidad: el voto de Podemos está más concentrado de lo que parece. La suma de voto decidido y la simpatía, coloca a Podemos como primer partido entre los estudiantes (con el 27,6% del voto en este segmento) y segundo entre los parados (con el 18,9%), los obreros cualificados (con el 21,8%) y los no cualificados (con el 17,4 %). En estos tres casos, la primera fuerza es el PSOE, normalmente a muy poco, especialmente entre los obreros cualificados donde la formación morada se queda a apenas un punto de ser la primera opción. De otra parte, Podemos es también la segunda fuerza entre los profesionales por cuenta ajena y los cuadros medios (con el 19%), sólo por detrás de Ciudadanos; y entre el personal administrativo, comercial y de servicios (con el 16,7%), en este caso por detrás del PP, pero también de la suma del PSOE y IU . Sin muchas sorpresas, sin embargo, la suma de voto y simpatía coloca a Podemos como cuarta fuerza en lo que el CIS registra como empresarios, profesionales independientes y altos funcionarios y también entre los dueños de pequeño comercio y los pequeños empresarios. En ambas categorías, Podemos apenas alcanza el 10% de lo apoyos. Su proyección es todavía más insignificante entre los jubilados y las amas de casa donde se queda en el entorno del 8 %.

En un formulación mucho más comprensible, y por mucho que las categorías socio-profesionales que emplea el CIS son todavía demasiado amplias: Podemos es sobre todo el partido de los estudiantes y aspira a ser el de los parados y la vieja clase obrera, especialmente de su segmento más cualificado y también más sindicalizado. También es un partido con una fuerte simpatía entre algunos segmentos de las clases medias, principalmente en lo que el CIS clasifica como profesionales por cuenta ajena y también en la amplia categoría de los empleados de oficina y los trabajadores de los servicios.

Sobre esta base, todavía cabría pensar que Podemos es efectivamente un partido transversal, y esto en la medida en que tiene posiciones fuertes tanto entre las clases trabajadoras, como entre las clases medias. Y es, de hecho, en la interpretación de este “voto de clase media” donde se juega la “transversalidad” de Podemos y la interpretación de cuál debería ser su “mensaje”, al menos en términos electorales. Aquí es preciso, no obstante, hacer una salvedad. Lo que, sin duda, parece que no sea Podemos es el partido de las élites profesionales, los altos funcionarios y los directivos de empresa. De igual modo, Podemos tampoco es el partido preferido por las clases medias tradicionales; lo que con un viejo lenguaje llamaríamos los de “la pequeña propiedad y/o la pequeña producción”. En ambos segmentos el voto desciende al entorno del 10%.

¿Cuál es, por tanto, el voto de clase media que se dirige a Podemos? Este se concentra fundamentalmente en otras dos fuentes: entre los “profesionales por cuenta ajena y los cuadros medios” y en menor medida en una amplia categoría con la rúbrica de “personal administrativo, comercial y de servicios”. Aunque el CIS no desgrana estas categorías, se puede inferir, sin mucho riesgo a equivocarnos, que el voto de Podemos está concentrado entre los segmentos más jóvenes de los profesionales asalariados, progresivamente proletarizados ya antes de la crisis, y también entre los trabajadores de servicios y administrativos más jóvenes, por lo general, también en peores condiciones laborales. Valga decir que según el CIS, Podemos es el partido preferido por los jóvenes (25-34) con el 20,6% de voto + simpatía y sobre todo por los muy jóvenes (18 a 24 años) con el 27%.

En este sentido, la lectura de un discurso moderado y tranquilizador dirigido a unas clases medias imaginadas, antes que estudiadas, topa con el hecho de que Podemos sólo parece apelar a aquellos segmentos de las mismas que están perdiendo el tren social o que al menos sienten una fuerte amenaza de no poder reproducir la posición social. Se trata fundamentalmente de los jóvenes profesionales más o menos precarizados, más o menos marginados institucionalmente, en no poca medida por la rigidez de las instituciones culturales y políticas españolas. Se podrá decir, sin duda, que dentro de este segmento de población circula, y con fuerza, un discurso de restauración de la meritocracia (frente a las clientelas y la corrupción) y de recomposición de las clases medias, tanto simbólica como materialmente. El problema reside en que esta propensión subjetiva ya no permite mayor dilatación del campo electoral de Podemos. Valga decir que este es el punto fuerte de Ciudadanos y su nicho principal de crecimiento, donde ya es primera fuerza. Antes al contrario, incluso en el terreno del “voto de clase media”, Podemos puede estar sencillamente por detrás de las demandas de una parte de este sector que reconoce la crisis económica (y por ende de las clases medias) como un problema de época, común a todas las sociedades occidentales. Y que sabe que sin modificar estructuras materiales tan importantes como la fiscalidad, el gasto público y la educación –puntos en lo que una parte de Podemos ha llamado a retirada– no hay oportunidad posible. Esta es una intuición que parece corresponder con una de las lecturas más plausibles de los sujetos y las demandas que protagonizaron el 15M y que se movieron en una dirección nítidamente constituyente y de “revolución democrática”. Nada moderada, por cierto.

Conviene recalcar además que el otro caladero del voto a Podemos –ciertamente mucho más importante en términos cuantitativos que el de las clases medias– se concentra entre los trabajadores cualificados, no cualificados y los parados. En estos tres segmentos Podemos es segunda fuerza, justo por detrás del PSOE. También aquí una lectura apresurada podría inclinar a la formación a disputar el voto en el terreno de la moderación. En términos muy gruesos, la principal baza a jugar de cara a estos sectores consistiría en rehuir de toda estridencia ideológica y apelar de soslayo a la recuperación económica, con una patina “progre” –de justicia y reparto– similar a la de los socialistas. Pero ¿no es esta una apuesta cuando menos dudosa, en tanto no reconoce otra tendencia de fondo de la democracias europeas, particularmente entre los sectores sociales menos favorecidos, “eso” que habitualmente se le da el nombre de “crisis de representación”, la desafección respecto de las instituciones “representativas” por inútiles?

En la misma línea, uno de los datos más asentados dentro de los tres sectores señalados, es que al lado del reparto de voto entre Podemos y PSOE, el principal partido sigue siendo el de la abstención. El “no votaré a ninguno” y el voto en blanco suma el 25% ente los no cualificados y los parados, una cifra que en las últimas convocatorias rara vez ha bajado del 50% en estas categorías socioprofesionales. Se puede suponer que la vacunación a la retórica “progre” y socialmente vacía, que durante décadas han practicado las élites profesionales del PSOE, ha dejado una huella de inmunidad que seguramente sólo se pueda romper con instrumentos que, por un lado, creen organización política real y, por otro, un discurso-programa sustantivo. Quizás no haga falta decir que es aquí donde topamos con la crisis de la izquierda, un coladero que desde los años setenta ha empujado a estos sectores sociales al regazo de una extrema derecha de retórica claramente antisistema en buena parte de Europa. Otro argumento que tampoco parece apuntar a la moderación según los tópicos y clichés de las clases medias.

En definitiva, aunque el trabajo estadístico debería ser muchísimo más exhaustivo a fin de ofrecer una idea más precisa se puede apuntar, con bastante claridad, la siguiente tesis: Podemos ha concitado a aquellos sectores sociales con menos encaje en el marco de integración social y económica del régimen político español y que han experimentado de una forma más aguda las consecuencias de la crisis. Estos segmentos se reconocen en una triple fuente: las clases medias pauperizadas, las distintas clases obreras en sus configuraciones más variopintas y los sin trabajo remunerado (a excepción de las amas de casa). El otro eje que dirime el voto y la simpatía a Podemos es la edad. Juntos, estos elementos parecen haber colocado a la formación morada en el filo de las grandes fracturas que atraviesan a la sociedad española. La paradoja es que todo apunta a que en la lectura política de esta fractura social y su traducción política en términos constituyentes y de ruptura se juega la oportunidad (también electoral) de Podemos.

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